En Paraguay, la discusión sobre la solidez de la conducción económica ya no es un debate técnico reservado a especialistas: es una preocupación cotidiana. La afirmación oficial de que la economía atraviesa “su mejor momento” contrasta con señales preocupantes en el frente fiscal y financiero que invitan, al menos, a una revisión crítica.

Uno de los elementos más visibles es la falta de previsibilidad en el comportamiento del dólar. La caída de la divisa estadounidense, lejos de ser anticipada y gestionada, ha impactado en sectores clave sin que se evidencie una estrategia clara de mitigación. Este fenómeno, en una economía históricamente dolarizada en varias de sus operaciones, genera incertidumbre y afecta la planificación empresarial.

A ello se suma la disminución de los ingresos provenientes de las hidroeléctricas Itaipú y Yacyretá, agravada por la “guaranización” de dichos recursos. Si bien esta medida puede responder a objetivos de política monetaria, también reduce la capacidad del Estado de contar con divisas fuertes, debilitando su margen de maniobra en un contexto internacional volátil.

En paralelo, el déficit estructural de la Caja Fiscal sigue creciendo, comprometiendo recursos del Tesoro y proyectando una carga insostenible para las futuras generaciones. Este desbalance se ve agravado por una baja recaudación tributaria, que evidencia fallas tanto en la administración fiscal como en la formalización de la economía.

El uso de fondos del Presupuesto General de la Nación para financiar programas sociales como Hambre Cero y pensiones para adultos mayores, sin fuentes genuinas de financiamiento, incrementa la presión sobre las cuentas públicas. A esto se suma la persistente percepción —y en muchos casos evidencia— de corrupción en el manejo de los recursos del Estado, lo que erosiona la confianza ciudadana.

El resultado es un presupuesto deficitario, elaborado y aprobado sin la previsibilidad necesaria, en un contexto donde la planificación fiscal debería ser una prioridad estratégica. La falta de reglas claras y consistentes debilita la credibilidad institucional y desalienta la inversión.

En este escenario, surge inevitablemente la pregunta: ¿existe coherencia entre el optimismo del discurso oficial y la realidad de las finanzas públicas? Más que una respuesta categórica, lo que se impone es la necesidad de recuperar la confianza mediante transparencia, disciplina fiscal y planificación de largo plazo. Porque, en definitiva, la confianza no se declama: se construye con resultados.

Realizado por Héctor Sosa Gennaro